No me puedo ni imaginar en toda su dimensión el dolor por el que pueden estar pasando en este momento las familias de Sara Morales y Yeremi Vargas, de manera muy especial sus madres. Tener un hijo pequeño desaparecido desde hace tanto tiempo y desconocerlo todo acerca de su situación tiene que ser desgarrador, algo que, por muchos esfuerzos que hagamos, no podremos nunca entender a menos que pasemos, directamente, por un trance igual.
Por eso ver llegar este tema al mercadillo de saldos y retazos en que se ha convertido la política canaria resulta tan repugnante. Que sus señorías se hayan atrevido a crear una comisión de investigación que poco o nada puede aportar a la resolución de este asunto, que tendrá que resolverse con el sigilo y la prudencia necesarios por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, ya era de por sí alarmante.
En su momento, ya parecía una infamia. Pero es que los primeros pasos de esta comisión están confirmando los peores augurios. El diputado Figuereo, presidente de este engendro parlamentario, salió el otro día a los medios de comunicación para asegurar que había otro niño desaparecido en Canarias sin tener el más mínimo sustento, generando aún más alarma de la que ya existe. Y ahora comparece un presunto experto europeo para decir que el Archipiélago es el paraíso de las sectas satánicas y pedófilas. ¿Es esto cierto? De serlo, ¿qué se está haciendo para evitarlo?
Es posible que en los próximos días el experto se desmienta, porque Figuereo rectificó luego y dijo que había sido un “error involuntario”. Lo que parece más bien un error es la propia creación de esta comisión, que nace envuelta en el tufillo de generar el estado de opinión propicio para la demanda de más seguridad y esto, traducido al lenguaje de quienes nos gobiernan, no es sino el paso previo y necesario para seguir reclamando una policía autonómica, vieja aspiración de los nacionalistas. Dicho de otra forma, la utilización del dolor y el miedo con fines partidistas. Aunque ellos jamás lo reconozcan.
Son muchas las dudas, pero de lo único que estoy seguro es que todo este revuelo no está haciendo ningún bien a las familias de Sara y Yéremi y que todo esto en nada contribuye a la investigación. El Parlamento debería ser un lugar para generar debates constructivos, donde se pudiera hablar de todo, cierto es. Pero esta instrumentalización de un asunto tan delicado debería ser meditada a fondo. En este caso y si los diputados canarios que respaldan esta comisión quisieran hacer un ejercicio de responsabilidad, quizás lo que deberían practicar es el sabio arte de no perturbar el silencio.
martes 3 de noviembre de 2009
martes 27 de octubre de 2009
EL NIÑO PIRATA

En la foto, un pirata somali.
Seguro que saben de quién les hablo. Se llama Abdou Willy. Abandonó la invisibilidad de su vida gris y aterrizó de bruces en las portadas de todos los periódicos cuando, junto a otros como él, secuestró un atunero español, el Alakrana, en aguas del Océano Índico. Pero Abdou tuvo la mala suerte de ser detenido por la tripulación de la fragata Canarias cuando abandonaba el barco. Entonces fue cuando lo trajeron a España y cuando dio comienzo el esperpéntico culebrón judicial para determinar su edad que lo ha hecho mundialmente famoso.
Ya en Madrid, Abdou Willy fue examinado por tres forenses y le han hecho radiografías de la muñeca, la clavícula y de los dientes. Sin embargo, ni los médicos ni los jueces han podido concluir su edad, que debe oscilar en torno a los 18 años y, por tanto, no han podido determinar si efectivamente es mayor de edad y, por tanto, debe ir a la cárcel, o si tiene menos y su destino tiene que ser un centro de menores.
Pero más allá de los rocambolescos vericuetos judiciales por los que transcurre y seguirá transcurriendo esta historia, el secuestro del Alakrana nos tiene que hacer mirar, forzosamente, hacia Somalia, con el legítimo ánimo de saber un poco más. Y para ello acudimos a una de las voces más autorizadas sobre el tema, Jeffrey Gettleman, periodista estadounidense y corresponsal de The New York Times para África oriental desde el año 2006. Veamos qué dice en uno de sus más famosos artículos.
“Más allá del Aeropuerto”, habla de Mogadiscio, capital del país, “se encuentra uno de los monumentos al conflicto más asombrosos del mundo: kilómetro tras kilómetro de edificios derruidos e incendiados. La arquitectura de estilo italiano de la capital, en otro tiempo una joya, ha quedado reducida a un montón de ladrillos despedazados por las ametralladoras. Somalia vive desgarrada por la violencia desde que el Gobierno central se vino abajo, en 1991. Dieciocho años después y tras 14 intentos fracasados de formar gabinete, las matanzas continúan: atentados suicidas, bombas de fósforo blanco, decapitaciones, lapidaciones, grupos de adolescentes atiborrados de una droga local llamada khat que disparan unos contra otros y a todo lo que pille en medio... Incluso, de vez en cuando, misiles de crucero norteamericanos que caen del cielo”.
En este contexto de caos, en el país más peligroso del mundo, como dijo el propio Getleman, fue donde el niño pirata dio sus primeros pasos. Nacido en una aldea del sur del país, nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela y se tuvo que poner a trabajar desde muy pequeño. En medio de una inmensa miseria, se convirtió en un niño de la calle. En 1999, como su familia no tenía dinero para pagar a los señores de la guerra que controlaban el río cercano y no les permitían utilizar el agua, tuvo que emigrar a un campamento de refugiados de la capital.
Sus padres se separaron y el joven Abdou fue, junto con su madre, a vivir a casa de otro hombre que lo maltrataba. Con el tiempo, el niño fue creciendo y se convirtió en un muchacho fuerte y corpulento hasta que, en busca de dinero fácil, se juntó con aquellos que podían conseguirlo. Esta es, muy a grandes rasgos, la historia de Abdou Willy, el niño pirata. Lo que ha hecho es injustificable y tendrá que pagar por ello, pero ya está bien de ñoñerías. Ahora ya podemos seguir condenándolo desde la comodidad de nuestros mullidos sofás.
martes 20 de octubre de 2009
ALGO SE MUEVE EN LOS INVERNADEROS

“La mayoría somos africanos y vivimos entre invernaderos. Estamos aquí y queremos hacernos ver, porque lo que no se ve no existe. Que descubrais que sentimos y pensamos, como vosotros. Durante años, muchos de nosotros hemos tenido el estigma de ilegales, de “sin papeles”, … sin papeles no eres nadie.
A pesar de todo, nos unimos para intentar cambiar las cosas. Estamos aquí, olvidados, y hemos decidido ayudarnos entre nosotros, apoyarnos y enseñarnos nuestros propios conocimientos y crear espacios donde aprender nuevas cosas que sirvan para nuestro futuro.
Tenemos muchos proyectos, muchos sueños que parecen irrealizables, pero nuestro primer paso es hacernos ver, que sepais que existimos, que estamos aquí en una situación dificil y que llevamos ya bastantes años. Que participeis junto a nosotros en conseguir un mañana más justo”.
Asi, con estas palabras, comienza la historia de Terralgan, una asociación que ha surgido desde los invernaderos de Almeria y que reune ya a mas de doscientos inmigrantes en su particular lucha contra la invisibilidad. Su unico afan es protegerse, darse animos, no sentirse solos.
Cada dia se levantan, salen a las carreteras que atraviesan como heridas el blanquisimo mar de plastico y se apostan en cualquier esquina a esperar que pase la furgoneta salvadora y alguien les contrate por horas para recoger calabacines, montar estructuras o reparar alguna tubería estropeada. Asi pasan los dias para los jóvenes de Terralgan, solo unos pocos cientos de los miles, de los cientos de miles, que malviven en las zonas grises de nuestro mundo.
Y, sin embargo, que paradoja, ellos son el futuro porque son el presente, ellos son quienes hacen posible el milagro, quienes trabajan en la sombra para que nada se desmorone sobre nuestras cabezas. Asi es el mundo en que vivimos, hecho de luces y sombras. La magia solo consiste en mover el foco de vez en cuando y asi podremos ver cosas maravillosas. Como la gente de Terralgan, que desde los invernaderos del Poniente almeriense nos mandan un breve mensaje, tipo SMS, con las palabras “Aquí estamos”. Ahora toca no olvidarlos.
http://terralgan.wordpress.com/asociacion/
martes 13 de octubre de 2009
MARRUECOS NO QUIERE TESTIGOS

Foto: Brahim Dahane, en una imagen reciente.
Conoci a Brahim Dahane en El Aaiún en mayo de 2005. Por aquel entonces, el acababa de crear una asociación para la defensa de los Derechos Humanos en el antiguo Sahara Occidental. En aquellos dias, todas las ciudades ocupadas de la ex colonia española eran un hervidero de manifestaciones protagonizadas por jóvenes que pedian a gritos la independencia de Marruecos, todo ello reprimido con salvaje brutalidad. Y Dahane queria dejar testimonio de todo aquello.
El ya habia conocido las carceles marroquíes. En los años 80, permanecio cuatro años entre rejas por tomar parte en actos de protesta por la ocupación del territorio. Nunca se celebro un juicio con las minimas garantias, ni Marruecos siquiera acepto que estaba en sus centros secretos de detencion y tortura. Oficialmente, estuvo cuatro años desaparecido hasta que, un buen dia, fue liberado.
En octubre de 2005, Dahane volvio a ser conducido a prision bajo la acusacion de haber creado una asociación ilegal hasta que seis meses despues volvio a salir a la calle. Y siguió adelante con su labor de denuncia porque ya tiene poco que temer. Hace pocas semanas volvi a verle en El Aaiún y no se habia movido ni un milimetro de sus posiciones.
El pasado 8 de octubre, junto a otros seis activistas entre los que se encuentra Ali Salem Tamek, encarcelado por Marruecos hasta en cinco ocasiones, Dahane regresaba al Sahara ocupado tras haber visitado a sus hermanos saharauis exiliados en los campamentos de refugiados de Tinduf. Sin embargo, nada mas aterrizar en Casablanca, su ultima llamada telefonica a una compañera de la asociación no hacia presagiar nada bueno. “Estamos en la pista rodeados de coches de policia”, dijo Brahim. Desde entonces, se desconoce su paradero.
Ya en los dias previos, buena parte de los partidos politicos y de la prensa marroquí se habian dedicado a calentar el ambiente en contra de Tamek, Dahane y sus compañeros. Durante tres largos dias, la detencion ni siquiera fue comunicada a sus familiares y amigos y solo pasadas 72 horas se informo de ella, aunque los activistas se encuentran aun en lugar desconocido. Y el asunto parece serio, pues se les acusa de traicion a la patria, separatismo y conspiración contra la integridad territorial, lo que podria acarrearles una larga condena. Pero estas detenciones no traeran sino mas sufrimiento.
Dahane, igual que Tamek, Aminatou, Hmad, Daddach o tantos otros activistas, son los ojos que tiene el mundo para saber lo que esta pasando en El Aaiún, en Smara, en Dajla, en Bojador. Gracias en buena medida a su trabajo y su compromiso, el mundo ha podido saber que en la ex colonia española, las fuerzas del orden marroquíes violan, torturan, golpean y amenazan a todo el que muestre la mas minima simpatia por la causa saharaui.
No son terroristas, ni gente violenta. Les gusta la palabra, la discusión y aman, por encima de todo, a su pueblo. No son perfectos y a veces se equivocan, pero tampoco quieren ser martires. Han sacrificado buena parte de su vida por una causa que creen justa. Y eso les ha llevado a sufrir en sus propias carnes dolor, miedo, angustia y toda suerte de padeceres. Son, como dije antes, la voz que se eleva para denunciar la injusticia. El problema es que Marruecos no quiere ni ojos, ni voces, ni testigos y si que el Sahara siga siendo, como hasta ahora, el reino de la impunidad ante el tembloroso y patetico desprecio por los derechos de la gente que late en la comunidad internacional. Al menos, en lo que al Sahara respecta.
PD: Para los puristas, perdonen por la falta de acentos. Han organizado una revuelta en mi ordenador y no quieren trabajar. Si alguien sabe por que (con acento) pasan estas cosas, que me diga. Debe ser la astenia otoñal.
martes 6 de octubre de 2009
TÚ TIENES EL RELOJ, PERO YO TENGO EL TIEMPO

El martes pasado a las siete de la mañana, mi madre respiraba por última vez en la cama de un hospital. Junto a mis hermanos y mi padre, pasé sus últimos días acompañándola en el siempre difícil tránsito a ese otro lugar. Por ella, que me enseñó el valor de una historia bien contada y me transmitió la curiosidad y el ansia de descubrir, es que sigo adelante. Por ella y por mí también y por todos los amigos que están en el camino y por todos los invisibles, regreso también a este blog, que tenía un poco olvidado últimamente, algo que ustedes sabrán comprender. La historia de hoy se la dedico a ella, esté donde esté:
Tiene unos 34 años, pero su edad exacta solo la conocen el viento y las estrellas. Nació en algún lugar del desierto al norte de Malí, aunque para él las fronteras son una gran mentira. Es el mayor de trece hermanos y cuando cayó en sus manos, por casualidad, un ejemplar de El Principito de Antoine de Saint Exupery quedó cautivado por sus dibujos y decidió que tenía que aprender a leer para comprender lo que allí estaba escrito. Movido por este afán, convenció a su padre y comenzó a ir al colegio, para lo que tenía que recorrer cada día unos 15 kilómetros caminando.
Sin embargo, como decía León el Africano, la vida es la más inesperada travesía, y aquellas primeras letras se convirtieron pronto en la puerta que le llevó, allá por 1999, hasta Francia. Allí, en la ciudad de Montpellier, logró plaza en la universidad y, tras culminar sus estudios de Gestión, ha entrado a formar parte del equipo directivo del centro. Moussa Ag Assarid, ese es su nombre, ha cambiado ahora los camellos y la arena de su desierto por el tren de alta velocidad y la telefonía móvil. Como buen nómada, siempre en movimiento, Assarid se balancea desde entonces entre dos mundos sobre una delgada línea.
Hace ya un par de años, nos ha hecho un hermoso regalo a todos, sus reflexiones en forma de libro. Publicado por la editorial Sirpus, se llama “En el desierto no hay atascos”. Bajo este título aparentemente banal, brillan como diamantes algunos pensamientos y experiencias que sólo se pueden entender teniendo en cuenta el origen tuareg de Assarid. Desde el hecho de que en la cama del hotel donde durmió nada más llegar a Francia podrían dormir todos los niños de su jaima, hasta el milagro del agua que mana de los grifos (“¡Todos los días de mi vida”, reflexiona el autor, “habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes que adornan vuestras ciudades, todavía me duelen”), pasando por el milagroso y eterno subir de las escaleras mecánicas, para Assarid lo cotidiano del mundo occidental es un verdadero descubrimiento.
Sin embargo, la parte magra de las reflexiones de este joven tuareg tienen que ver, más que con la materia, con todas esas cosas del alma que hemos perdido, quizás para siempre. Disfrutar de un amanecer, el placer de una conversación, el sonido del viento, caminar descalzo por la arena, el sabor de la leche de camella… No nos engañemos. La vida en el desierto no debe ser fácil ni es una bucólica estancia en el Paraíso, pero me parece a mí que la escasez y la austeridad han cultivado a Assarid y a todo su pueblo con unos valores a los que bien valdría la pena prestar un poco de atención. Como el de la solidaridad con los visitantes.
Sólo una frase de Moussa Ag Assarid, que resuena como un aviso maravilloso en medio de nuestro estrés diario y de nuestra disparatada y tecnológica vida, sólo por esa frase está justificadísimo el esfuerzo de escucharle y sobre todo de comprenderle. “Tú tienes el reloj, pero yo tengo el tiempo”.
jueves 17 de septiembre de 2009
LOS INVISIBLES DE KOLDA, EN LAS PALMAS

Hace poco más de un año, Magec Montesdeoca y yo nos echamos la mochila al hombro y cogimos un avión rumbo a Senegal. En ese momento, preocupados por tonterías varias como que no se nos olvidara el repelente de mosquitos y la ropa ligera, no eramos del todo conscientes en la movida en la que nos estábamos adentrando. Sabíamos que en Kolda, región del sur de Senegal, cientos de familias habían perdido a uno de los suyos en un terrible naufragio, pero una cosa era saberlo y otra verlo.
Cuando llegamos allí, esta historia nos pegó una bofetada en plena cara. Los pequeños pueblos y aldeas que recorrimos estaban marcados para siempre por una tragedia sobre la que se pretendía echar un montón de tierra y enterrar para siempre. Sacamos la libreta y la cámara y empezamos a trabajar, en unos inolvidables diez días de agosto.
Entonces ni de lejos pensábamos que un año después habría un libro publicado sobre estos muertos invisibles y sus familias, no podíamos imaginar que en ese tiempo habríamos puesto negro sobre blanco el trágico suceso que desgarró a toda la región de Kolda en mayo de 2007 y sus tristes consecuencias. Fue un trabajo intenso que ahora, pasados trece meses, cobra un sentido. No hemos podido devolverles la vida a esos 160 jóvenes que murieron en el cayuco naufragado, pero sí que hemos puesto nuestro granito de arena para que no se les olvide.
El próximo miércoles 23 de septiembre a partir de las 20.00 horas, Magec y yo nos volvemos a juntar para recordar aquellos días y a aquella gente, para hablar de sus porqué y de sus cómo. En esta ocasión, lo haremos en Casa África con la presencia del buen amigo Ignacio Díaz de Aguilar y el acto servirá para presentar el libro a todos quienes quieran compartir ese ratito con nosotros. Será un placer verles por allí.
miércoles 9 de septiembre de 2009
NO LES VOY A HABLAR DE GUINEA ECUATORIAL

Obiang, haciendo amigos.
Tras varias semanas de silencio por vacaciones, aquí estamos de nuevo.
El bueno de Juan García Luján (Canariasahoraradio) ha vuelto a invitarme a que me suba a su Correíllo todos los miércoles. Y encantado acepto su propuesta. Pero para este año he decidido no tocar temas espinosos que puedan molestar a nadie, no sea cosa de que luego me fichen por ahí y no vuelva a trabajar en mi vida. Sólo temas amables, me digo todos los días, este año suavidad y mucho cariño.
Por eso he pensado que no les voy a hablar del señor ese que sale hoy en las fotos de los periódicos canarios con nuestro vicepresidente y consejero de Economía del Gobierno de Canarias, José Manuel Soria, y que se llama Teodoro Obiang. No, lo siento. No les voy a mencionar que llegó al poder y se mantiene en él gracias a una feroz represión de todo atisbo de oposición, represión que incluye las torturas y las desapariciones sistemáticas, así como la censura y el encarcelamiento de periodistas y otras lindezas más propias de una dictadura que de una democracia real.
No lo haré porque entonces estaré echando tierra sobre el tejado de mi propio Gobierno, que quiere mejorar sus relaciones con Guinea Ecuatorial, el país que preside el señor Obiang. Por eso tampoco les voy a comentar que en esa pequeña nación de África, ex colonia española, la gente debería tener la riqueza per cápita de Italia o España gracias a los ingresos derivados del petróleo que posee y, sin embargo, vive en una situación de pobreza peor que la de Afganistán o Chad. Y todo porque, en lugar de mejorar la vida de sus ciudadanos, Obiang y su gobierno utilizan los millones de euros anuales que ingresan para otros menesteres. Malversación económica, según asegura el último informe de Human Rights Watch.
Así que pasaré por alto el hecho de que el hijo mayor de Obiang se comprara en 2006 una propiedad en California valorada en 35 millones de dólares o que los 43 millones que Teodorín gastó en solo dos años, entre 2004 y 2006, superan el gasto anual en Educación del gobierno del que, por cierto, también forma parte.
Por todo ello, no voy a criticar que al señor Soria le parezca bien hacerse una foto con Obiang o que vaya para allá a facilitar los negocios de los empresarios canarios sin poner sobre la mesa el asunto de los Derechos Humanos. No puedo hacer leña de ese árbol porque, como les dije al principio de este comentario, este año me voy a dedicar a temas poco espinosos y neutros. Así que aplaudo su iniciativa, señor Soria, y cuando pase en Malabo o en Bata junto a las chabolas, las ratas y la miseria, o si, por casualidad, oye hablar de algún opositor muerto en alguna sucia cárcel, pues nada, hágase el longuis y siga haciéndole el caldo gordo a nuestro buen amigo, el de la foto, que al fin y al cabo los negocios son los negocios.
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